Bacterias… y los afanes

¡No toques la mesa! Porque puse ahí un cabello que tocó el piso y quién sabe qué haya tenido el zapato que pisó en donde cayó. ¡No agarres ese lápiz! Porque quién sabe qué haya tenido la mano de Fulano cuando lo agarró. ¡Lávate las manos! Porque agarraste la misma manija que agarró Fulana después de agarrar a la perrita, que ya sabes que siempre está sucia. ¡Uy! No me voy a apoyar ahí porque esto es un baño y quién sabe si alguien tocó está parte con manos sucias… mejor prevenir. Me cambiaré de blusa porque me acaba de salpicar una mini gotita del agua donde descongelamos el pollo (crudo… salmonella).
Todo esto pasaba en mi mente muuuuuy seguido. Hasta hace poco fue que hubo un cambio, gracias a Dios.Pero antes, hasta me fijaba bien en las acciones de los demás para ver qué tocaban y luego qué agarraban para luego evitar tocar ahí o limpiarle; y si por accidente lo tocaba, tenía que lavarme las manos después. O decirle a mi hermana que se lavara las manos porque vi lo que había tocado, donde algo sucio antes había estado, y así.

Suena más o menos como los fariseos, ¿verdad? Se lavaban a cada ratito, ellos con una intención en su corazón de purificarse del pecado, de sus culpas. Cumplían la tradición de los ancianos.

“Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen.” 

S. Marcos 7:3

Mi situación era casi idéntica. Y a la vez, algo distinta. O sea, ¿qué tal si hay un parasito o algo que pueda matarte en eso que tocaste? ¿Y si hay algo que pueda entrar en ti y dañar tu cerebro? Yo me lavaba y lavaba por un afán con las bacterias. O al menos eso creía, superficialmente.

En oración pedí a Dios que me ayudara, ¡que ya no quería estar obsesionada así como lo estaba con las bacterias! Pedí sinceramente AYUDA. Y lo hizo en DOS maneras.

PRIMERO

Fue hasta hace poco que ya estaba algo harta de este comportamiento antibacterial. Era necesario saber que, incluso yo, estoy llena de bacterias. ¡Sencillo! Imagínate en tus manos, así como en los comerciales de sprays antibacteriales o detergentes, todas esas bacterias. Siempre las tenemos. No las podemos eliminar completamente. Si has sobrevivido hasta ahorita sin problemas mayores, ¿por qué ahorita sería tan necesario convertirte tan antibacterial?

También me rcordó la verdad de que Dios nos protege, que estamos en sus manos. Hará en nosotros su voluntad, y su voluntad es buena, porque él es bueno. Estamos en buenas manos.

De todas maneras, si una bacteria sí llegara a entrar en tu organismo y te dañara y te enfermaras, ¿no usaría Dios esa situación para que confiaras más en él? Y si te dañara el cerebro, ¿no usaría esta situación para darle crecimiento de fe a tus familiares y amigos de la iglesia? Porque como dice la Palabra,

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” 

Romanos 8:28

Incluso las situaciones difíciles, como una enfermedad causada por bacterias dañinas en tu cuerpo.

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”

Filipenses 4:6-7

Esto era definitivamente un afán. Un SÚPER afán que quitaba tiempo, concentración, hacia que gastara agua (para lavado de manos y para lavados extra de ropa “sucia” de una embarrada o salpicada de algo), papel (ahí papá dice NOOOOO 😋). Incluso afectaba en forma negativa mis conversaciones porque no podía dejar de pensar en que me tenía que ir a lavar las manos porque algo había tocado. Sólo déjalo y presta atención.

SEGUNDO

Me hizo darme cuenta también de que me estaba autojustificando así como los fariseos, aunque de forma diferente. Yo pensaba, “Si no me lavo las manos ahorita y toco algo que le pertenece a alguien más, y esta persona, a causa de que no me las lavé, se enferma o sufre algún daño, o simplemente toca esta cosa sucia, va a ser mi culpa.” Entonces me estaba, según yo, lavando de mis culpas.

Esto es absolutamente innecesario.

“Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias. Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad. En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”

Colosenses 2:6-15

La autojustificación ante Dios, me atrevo a decir, es como el trapo más sucio, lleno de desechos, roto y apestoso (abominable) que pudieras presentarle, porque es un rechazo de su justificación gratuita que nos ofrece mediante la fe en Cristo Jesús. Tienes que saber que Dios ya ha limpiado tus culpas absolutamente y no necesita ninguna aportación tuya. Como dijo nuestro hermano y amigo Paco el domingo en la predicación, entre menos podamos meterle la cuchara, mejor.

Limpios somos cuando creemos en el evangelio.

De todos modos, de lo más sucio que podríamos tocar jamás, que son nuestros pecados, ya Dios nos ha limpiado mediante la obra redentora cumplida en Su Hijo Jesucristo.


“Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas? […] Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”

S. Marcos 7:5, 18-23

Concluiré enfatizando las dos lecciones aprendidas con esta experiencia. Primero, no hay que afanarnos con nada porque Dios nos protege y todo sucederá de acuerdo a sus propósitos, de acuerdo a su buena voluntad. Segundo, no es necesario intentar cubrir nuestras culpas o calmar esa sensación, porque Dios ya pagó todo. Nuestras culpas las tomó Jesús en sí mismo por cada uno de nosotros, y ante el Padre ya hemos sido justificados (Romanos 5:1).

Quisiera aclarar que la higiene sigue siendo algo muy importante e indispensable para una vida saludable (físicamente), pero es necesario que tú controles tus costumbres de higiene y no ellas a ti (puedo decir que me sigue pasando, pero después recuerdo estas lecciones y cambia la situación en mi mente). Simplemente para ser precavidos y evitar, pues, ensuciar y contagiar y así. Pero sin exagerar – moderado. 😊

Hay que pedir en oración, entonces, que nos enfoquemos en lo que para el Señor es lo más importante – lo de adentro, no lo superficial y los con lo que nos afanamos.

Referencias bíblicas en Reina Valera 1960

Énfasis míos (negritas) en versículos 

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