My Emma

         Violin Un domingo en la iglesia, una amiga toco el violín en una de las alabanzas. Se oyó muy bonito. Me encantó tanto que quería aprender a tocarlo. Después de un tiempo me metieron a clases de violín. Luego, ahí mismo en nuestra iglesia, hubo clases todos los sábados de piano, violín y guitarra. Mis papás me metieron a clases de piano, ya que mi hermana también tocaba piano. Otras dos amigas se añadieron a la clase de violín.

          Cuando tenía 10 años, nos tuvimos que irnos a vivir a Monterrey por el trabajo de mi papá. Conseguimos un maestro de piano, pero no tuve maestro de violín como por seis meses. Un día, le pregunté al maestro de piano que si no conocía a alguien que me pudiera dar clases de violín. Me dijo que sí y me dio el contacto. Mi mamá llamó y me metieron a clase casi de inmediato. Ese maestro fue el mejor que tuve. Me enseñó muy bien. Me enseñó muchas cosas buenas, ¡y nuevas! También aprendí que tan importante es la técnica.

          Nos regresamos de Monterrey después de estar dos años allá. Desde entonces no he tenido maestro. Me sigue encantando el violín, hasta le puse nombre! Es uno de mis más extraordinarios “hobbies”. Nunca terminas de aprender cosas nuevas. Siempre hay canciones nuevas que quieres aprender a tocar. De repente salen sonidos nuevos. Aunque tú los inventes, puede que se conviertan en algo un día. El violín es uno de los instrumentos más fabulosos de todo el mundo.

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